Mataron a mis perras



Quiero compartir a modo de denuncia pública y como una forma más de procesar el duelo, la trágica situación que viví la semana pasada debido al asesinato de mis dos perras. Jochi me acompañaba desde hace doce años y Lua era de una amiga que tuvo que viajar a España por un problema familiar, y la dejó a mi cargo.


Los sucesos trágicos


Después de varios días conviviendo, el jueves 22 de marzo, la dejé a Lua atada en mi jardín a la mañana con acceso a sol, sombra y agua fresca. Me fui a trabajar y cuando volví ya no estaba. Alguien la soltó. No sé quién ni por qué, pero el collar con la identificación tampoco estaba. Sólo quedó atado al alambrado, la correa con su traba de seguridad. Hice carteles pidiendo por ella con fotos y mis datos. Fueron cinco días de incertidumbre, de dudas, de angustia, de miedo por la desaparición de esta perrita rebelde pero indefensa, que nos esperaba hecha un bollito en la puerta de casa hasta que volvíamos.
A Jochi la encontré el martes 27 de marzo como si hubiera protagonizado la más horrible película de terror, degollada en el jardín de entrada. Es una imagen que nunca voy a olvidar: su cuerpo negro y marrón estirado y tieso, los ojos abiertos y un rojo furioso que sobresalía de su cuello. Entré en crisis y en llanto y paré a un patrullero que justo venía a una cuadra por calle de tierra. Mi hijo de 7 años estaba viendo la escena desde el auto. La policía me preguntó si tenía enemigos y les dije que no, que era nueva en el barrio. Dieron vueltas por la casa pensando que tal vez, habían matado a Jochi cuando intentaba defender la casa de un hurto, pero nadie entró a robar. Llamé al papá de mi hijo para que me ayudara con la situación y vino enseguida a compartir la espantosa tarde de frío y llovizna. La policía dio vueltas por la casa y en el terreno de al lado encontraron para mi desgracia, a Lua también muerta. Llevaba varios días así (sin que nadie velara por ella), pero no tenía signos aparentes de violencia. En medio del pánico y el caos, llamé a un veterinario amigo y también se hizo presente para ayudar con lo que fuera necesario. Dijo que Jochi tenía cortes en una oreja y en las patas y que necesitaba hacer una autopsia para obtener más datos, pero según él, la perra murió luchando contra un machete u otro elemento cortante similar. No quise hacer autopsias. No tenía plata ni ganas de hacer traslados ni trámites engorrosos que sólo iban a servir (pensé en ese momento) para profundizar mi angustia. Federico, el papá de mi hijo, fue quien trajo a Jochi a vivir con nosotros cuando estábamos juntos. Era una cachorra hermosa que apareció una noche de abril del año 2000 pidiendo un lugar. A pedido mío y para esconderla de la vista, Federico se tomó el trabajo de taparla con una manta blanca en donde las perras se echaban cuando estaban en el jardín. Mientras tratábamos de tomar un té, llamé también llorando al jardinero que había estado cortando el pasto unos días antes y vino enseguida con su hijo de veinte años, para hacer el pozo. Ellos se encargaron sin pedir nada a cambio, de enterrar a las perritas en el terreno donde Lua había aparecido muerta. Al día siguiente, improvisé una tumba con flores y piedritas que había traído Manu de la playa unos días antes. Todavía están, sobre el bulto de tierra, decorando los cuerpos del delito.


El lugar de los hechos


Todo esto sucedió en el Barrio San Jacinto de la ciudad de Mar del plata. Es un barrio del sur que tiene acceso directo a las playas más lindas de la ciudad, pero que aún, no está muy habitado ni explorado por academias ni empresas. Hay muchos terrenos sin viviendas en donde suele haber caballos sueltos y atados. Lo cruza por la mitad un arroyo y se encuentra (viniendo desde el centro), detrás del Barrio Alfar y de la Reserva Forestal Bosque Peralta Ramos. Conviven viviendas lindas de balneario, casas modestas de gente trabajadora y casillas precarias de personas con poca instrucción educativa y cultural. Gente sin agua potable por falta de pozos bien hechos, que recurren a la asistencia pública cuando la salud está en riesgo y sin medios de transporte propios para trasladarse. Hay muchos perros galgos (que entrenan para corren y matar a libres y mulitas). También hay vacas, ovejas, gallinas, pavos y gansos que en muchos casos, están sueltos. Además hay cotorras, lechuzas, pájaros carpinteros y demás aves volando haciendo ejercicio de su plena libertad. Hay perros atados con cadenas durante el día y la noche que ladran a quien pasa por la vereda expuestos al sol directo, la lluvia y el frío. También hay perros sueltos que cuidan celosamente sus veredas toreando a las personas y mordiendo a otros perros que pasan por ahí (Jochi había sido mordida en una de sus patitas traseras unas semanas antes de su muerte por dos perros violentos y de raza que viven con un vecino al cual aún no conozco en persona). Es la única calle pavimentada que cruza la principal donde vivo yo, conviven en el espacio un almacén, la sociedad de fomento y el Centro Cultural Pucará. Hay dos o tres comercios más y mucho tránsito los días de playa ya que el barrio separa, por sólo 20 cuadras, la avenida Edison de la ruta costera. Por la calle principal, que es de tierra alisada y doble mano, circulan en general a gran velocidad camionetas de lujo, autos, camiones, tractores y un colectivo de línea que se usa mayoritariamente para viajar hasta el hospital regional de Mar del Plata. Para esperar al colectivo que pasa cada una hora, hay garitas blancas cada dos cuadras o más y todas tienen graffittis hechos con stencil y aerosol negro que dicen “Yo amo CFK”.


Mi llegada al barrio y dos sucesos que pudieron haber tenido relación con los asesinatos


Hace dos meses que compré esta casa en donde llegué buscando menos ruidos, aire puro y tiempo libre. Vinimos para instalarnos en temporada de verano con Manuel, Kapoor (nuestro gato de un año) y Jochi. Desde el primer día, vinieron muchos perros a conocerme y algunos a buscar comida. Uno de ellos (Terri) se quedó conmigo desde entonces y se hizo amigo de Jochi. Recibimos varias visitas de familiares, amigos y amigas que por primera vez pisaban San Jacinto. Unos días más tarde, trajimos a Lua con mucha alegría. Terri según me dijeron, tiene una dueña, pero aún no la conozco. Sólo sé que tiene cuatro perros atados y a este, lo tenía suelto y subalimentado. Todavía no sé si es mío, pero lo estoy cuidando y atendiendo con el mismo amor y cariño con el que cuidaba de Jochi y Lua.
Una tarde en la que íbamos a pasear por la plaza Soberanía construida por la Cooperativa del barrio que queda a dos cuadras de mi casa, Lua atacó a unas gallinas que estaban sueltas. El dueño que estaba junto a dos hombres más construyendo la parte de atrás de una vivienda, empezó a llamar a los gritos al "negro" (un obrero que estaba ahí) para que traiga un palo. Ni el negro con el palo en mano ni yo, pudimos dar con la perra que como loca, corría persiguiendo a las aves. Por recomendación del otro obrero, nos fuimos rápido y con mucha angustia del lugar (Manu llevaba la bici en sus manos). Esa misma tarde, volví con mis disculpas y la billetera para pagar la gallina que el dueño decía que Lua había matado. No me quiso cobrar. Me habló de muy buena manera y entendió mis explicaciones. Lua nunca había tratado con gallinas. Era una perra de ciudad. Desde ese momento, siempre estuvo adentro o con correa.
Jochi había toreado a la vecina de enfrente. Me mandó a decir por un vecinito, que la ate porque le tenía miedo a los perros y a los caballos y dijo que si no la ataba “iba a llamar a la policía”. Dos días antes, habíamos estado charlando sobre las características del barrio y nuestras vidas y me regaló dos zapallos de su producción. Tiene un perro atado afuera, que en palabras de ella es “su garantía”. El sábado en el que Lua estaba desaparecida, estuvimos hablando sobre las realidades del barrio y los antiguos dueños de mi casa que ella muy bien conocía. Durante la conversación, en la que se quejaba del abandono de algunos terrenos y la especulación inmobiliaria que hay en torno a ellos, me comentó que había un perro muerto en el terreno de atrás de mi casa. No me imaginé que era Lua y no fui a ver. Pensé que hablaba de un perro muerto desde hace mucho tiempo. No sé aún, cómo sabía que Lua estaba ahí. No quiero ir a preguntarle. No quiero tener ningún acercamiento con ella por ahora. Mariano, mi compañero desde hace tres años, está esperando que se le pase la ira y llegue la oportunidad para ir a increparla.
Mis vecinos de 10 y 14 años dicen que hay perros muy malos que la pueden haber matado a Jochi ya que a ellos también les mataron a una perrita que adoraban. Para sanar mi angustia, me ofrecieron regalarme un labrador cachorro negro que podían conseguir gratis (a ambos, les estoy dando clases de apoyo para ayudarlos con la escuela). No descarto el ataque de otros perros hacia Jochi, pero lo cierto es que fue agredida en otro lado y llegó a mi casa para morir. Lo sabemos porque dejó una huella de sangre justo a su altura en un poste de entrada. Los perros "malos" viven hacia el otro lado por donde ella entró malherida.


Una hipótesis más por la muerte de Lua


Algo ya había escuchado cuando vivía en el barrio San José, pero ahora confirmé por buena fuente, que el año pasado, mataron con veneno a más de 20 perros en el Alfar. Para matar a los animales algunos desalmados, ponen sobre churrascos de carne, venenos específicos ya prohibidos por ley desde hace unos años, o cualquier dosis alta de veneno para ratas o insectos. También hubo por la zona, muchos perros muertos por parvovirus y otras enfermedades infectocontagiosas. No hay estadísticas serias sobre las matanzas impunes ni sobre la falta seria de atención pública veterinaria. No hay detenidos y no hay tampoco una política concreta de prevención para que esto no vuelva a suceder.


Mi situación y algunas reflexiones


No quiero pensar que fue una acción dirigida hacia mí persona. No discutí con nadie y las perras no eran particularmente molestas ni agresivas. Los únicos dos episodios condenables, fueron los que comenté anteriormente. Todo lo demás, ha sido hermoso en este lugar. Desde la energía de la casa, hasta la excelente recepción de vecinos, vecinas y comerciantes. Nadie me amenazó ni me advirtió nada, y sin embargo, mucha gente, me ofreció su números de teléfonos, ayuda en general y buenos consejos.

Me llevará tiempo hacer el duelo por estas dos terribles pérdidas. Jochi era mestiza, le encantaba correr y se entretenía masticando huesos. Me cuidaba celosamente y me acompañaba a todos lados. Estuvo en reuniones de todo tipo, marchas y tomas. Ahora de vieja, roncaba por las noches y estaba en tratamiento por una enfermedad hormonal provocada por una mala praxis veterinaria cuando tenía un año. Era hermosa por dentro y por fuera. Lua era mediana, amarilla y muy activa. Tenía dos años y había sido rescatada por Sole y Nico de la calle cuando era chiquita estando desnutrida y enferma al lado de una ferretería cerrada. Le tenía miedos a los gatos y le encantaban los mimos. Ambas tenían la vacunación completa, estaban castradas, se alimentaban con comida casera y dormían adentro en sus cuchas de goma espuma y tela lavable.
Con Jochi, Lua y Terri fuimos varias veces a la playa en donde jugaron con otros perros y personas amigas de los animales y estaban aprendiendo a nadar cada vez que yo me metía al agua.
Desde el martes de la tragedia ando llorando por los rincones, pensando en ellas, en los momentos hermosos que compartimos y en la perversidad de quien mata animales como si fueran objetos de poco valor. Me aparecen imágenes de calidad fotográfica de sus cuerpos ya sin vida y otras imágenes como en cine sonoro de ellas jugando con la espuma, corriéndose las colas, dando besos y pidiendo rasgando con sus patas contra las mías, compañía o comida.
Pienso en la crueldad sin límites, en el sufrimiento de mi hijo por las ausencias y en el impacto que este hecho tendrá en su memoria.

Pienso en las personas que creen que los animales “nos tienen que cuidar”, cuando en realidad somos las personas quienes debemos cuidar de ellos.
Pienso en Jochi y en Terri que sabían que Lua estaba muerta a 20 metros de mi cama y que no tuvieron los recursos para contármelo o yo no tuve las herramientas para escuchar su dolor.
Pienso en Terri, este perrito sobreviviente que mueve la cola a cuanto humano y perro se le acerca para conseguir su aprobación. Pienso en las marcas de maltrato que tiene en su cuerpito adolescente. También deseo que Terri deje de bajar la cabeza y cerrar los ojos esperando un golpe, cuando alguien va a hacerle un mimo. Pienso con miedo escalofriante y paralizante en si la muerte de Terri o de los otros perros que adoptaré en el futuro, será tan violenta e inesperada como estas.
Deseo que animales y personas podamos vivir en libertad y en pleno ejercicio de nuestros derechos. Ninguna ideología, ni práctica médica, ni religión, me sacarán jamás la idea de la cabeza de que todos y todas tenemos que tener como base para una vida digna, un techo donde refugiarnos, comida sana y nutritiva para saciar el hambre y un poco de amor para sobrevivir.
Espero que como sociedad, a medida que vayamos transitando estos años del siglo XXI, tomemos conciencia que discriminar por la especie que nos tocó ocupar en esta tierra, es un delito tan grave como discriminar por el sexo o la raza que nos caracterice. Los humanos somos mamíferos que al igual que las vacas, los caballos, los perros y los gatos parimos, amamantamos, tenemos un corazón que bombea sangre y sufre y se resiente cuando nos sentimos en peligro o en soledad.
Pienso que mientras haya jaulas ocupadas, habrá lucha por la liberación animal.
Pienso en los miles de animales que están naciendo sin hogar.

Pienso en los niños y niñas que aman a los animales y no entienden por qué son pocas las personas que enseñan con el ejemplo cómo compartir la vida con ellos en equilibrio y armonía.
Estoy segura que no está bien que existan perros vestidos innecesariamente con ropa de diseño y juguetes carísimos, otros encerrados en departamentos comiendo alimento balanceado y otros rompiendo bolsas de basura para agarrar los restos de un capitalismo salvaje que vende y mata de todo a cualquier precio, desde personas hasta a los adorables perros.
Ojalá que Jochi y Lua puedan descansar en paz.

Lucía Gorricho

1 de abril de 2012.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada