¿Cómo llegué a Saladillo?



Tenía pasaje para las 12.10 con el único micro que sale por día desde Mar del Plata. Me habían invitado para hablar en la “Cátedra Abierta Ambiente y Sociedad” que organiza Ecos de Saladillos desde hace años y tuve el honor de abrir la primera charla del 2018. La cita era a las 19 hs. El horario pautado de llegada del micro era a las 18:10. Tenía 50 minutos para pasar antes por el Hotel a cambiarme y llegar 15 minutos antes como para saludar y acomodarme tranquila. 

Por suerte me acompañó a la terminal para despedirme Marcelita Golfredi porque el colectivo llegó con 40 minutos de demora y aprovechamos este tiempo para ponernos al día con algunos temas relacionados al próximo libro.

El problema apareció a 30 km pasando Tandil cuando empecé a sentir olor a plástico quemado y en menos de 10 minutos el colectivo estaba lleno de humo tóxico. Los choferes pararon en la banquina al lado de la ruta y abrieron las puertas para que bajáramos. Detectaron que era un caño roto de aceite y ambos estaban como tratando de comunicarse con alguien pero no nos daban mucha información hasta que nos confirmaron que iban a mandar un mecánico para ver si lo podían arreglar. No tuve que pensar mucho para darme cuenta que no iba a llegar a la charla y entonces dije: “yo me  voy” una señora me dijo que ella también iba para Saladillo y entonces le pregunté: “¿Querés venir conmigo?” Y aceptó. En menos de 10 minutos paró un auto de alta gama que iba para Rauch. Se trataba de Marcos, venía de hacer trámites bancarios en Tandil y fuimos hablando de la situación económica y política del país. Nos dejó  en la salida de Rauch justo en frente de una estación de servicio. Había salido el sol. Después de varios camiones, camionetas y autos que no pararon porque hacían señas de que iba por ahí no más, María Teresa me preguntó:

- ¿Vos hiciste dedo antes alguna vez?
- Si
- Yo no, me dijo, y tengo 76 años. Me tiemblan las piernas.

-    Me entró una emoción enorme. La abracé y nos hicimos unas selfies para recordar el momento. Confieso que si no hubiera estado con ella, hubiera sentido miedo pero juntas no. Tenía la certeza de que estábamos seguras,  que una iba a cuidar de la otra, que como me enseñó el feminismo, juntas éramos poderosas. Eso que estábamos viviendo era sororidad pura para mí.

Enseguida paró un camión. Nos dijo que iba hasta Las Flores. Subimos las dos valijas con rueditas que llevábamos (la mía violeta y la de María Teresa negra) y fuimos en la cabina de un Mercedes que llevaba arcilla para no me acuerdo dónde. Durante el viaje nos contó cómo le habían robado un camión en Buenos Aires y el secuestro que vivió en ese acto que, por los detalles, no quedaban dudas que el operativo lo había organizado la policía de la Provincia. María Teresa me decía: “Esta historia la tenés que contar en un libro. Esta historia la tenés que contar en un libro”. Vimos el atardecer sobre el pastizal pampeano desde la cabina.

El tramo más difícil iba a ser desde Las Flores hasta Saladillo. Ahí hay menos circulación de vehículos pero además, ya iba a ser de noche.  Nos salvó Gabriel que era parte de la organización de la Cátedra y salió con su camioneta a nuestra búsqueda justo cuando le dije por teléfono que estaba en Rauch haciendo dedo para llegar. Habíamos quedado en encontrarnos en la rotonda donde su cruzan la ruta 3 y la 30 (manejó 80 km de ida y 80 km de vuelta por nosotras). Me cambié y maquillé en el baño de una estación de servicio (“La Punto com”  le dicen) y enseguida nos subimos al último vehículo.

Ya en la camioneta, con Gabriel y su hija Rocío, María Teresa me dijo “Gracias por esta aventura, no me voy a olvidar nunca de vos”. “Y obvio que yo de vos tampoco” le dije, agarrándole la mano en el asiento de atrás.

Llegué a la presentación 20 minutos tarde tragando unas galletitas y saludando a las personas con las que conectaba con la mirada mientras me subía al escenario del SUM del Instituto de Formación Docente nº16. Mientras contaba sobre la historia del libro y explicaba lo que significa la agroecología para mí, me fueron alcanzando mates desde el público. Supe más tarde, que “El Rápido Argentino” llegó a la terminal de Saladillo a las 22. El pasaje de vuelta me lo dieron gratis.

Yo siempre supe que iba a llegar al evento. Estaba en el plan presentar “Frutillas” en los pueblos de Buenos Aires aún antes de que el libro existiera. Y esta historia, como tantas otras que se cranean desde el corazón, tiene magia asegurada.

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